Cerrábamos la feria, desmontábamos una de las últimas ferias de artesanía que se hacían en la Plaza de la Herreria de Pontevedra, “Artesanal” se llamaba, esa feria que luego cambió de sitios hasta morir en la Plaza Curros Enriquez algunos años después. El mundo de la artesanía ya nunca fue lo mismo en esta ciudad preciosa.

Entre los bártulos, las furgonetas y el vaivén de artesanos, se paseaba lentamente una mujer raramente ataviada, con una falda que no era una, sino varias faldas una sobre otra hasta hacer un volumen vaporoso como si se tratase del vestido de bodas de una emperatriz. Llevaba una blusa con encaje, una capa antigua y una capelina muy elegante en la cabeza. Si hubiese llevado paraguas y un bolso de cuero, podría haberla confundido con Mary Poppins, pero su figura era más gruesa y su postura más vencida.

Paraba en los stands e intentaba hablar con la gente, muchos no le prestaban atención, metidos en la vorágine del desmontaje (que habitualmente implicaba otro montaje en otra ciudad unas horas más tarde), cuando la “Emperatriz” llegó a mi stand, se paró a elogiar mis figuras de barro, le regalé un duende de la fortuna, que seguramente habrá formado parte de su museo particular. Sonrío, luego me miró con ojos tristes y empezó su relato, con la confianza que le daba su rancio abolengo y la práctica que tenía en contar su historia a los viandantes.

“Fortuna, dices, fortuna fue la que yo tuve. Tuve títulos nobiliarios y muchas propiedades, una herencia familiar de la que ya me queda poco. Mira, (me dijo dándome una tarjeta de visita y un papel escrito de su puño y letra), todos estos son los títulos que me han sido robados y con ellos las propiedades que me corresponden por derecho, Yo soy doctora en Filosofía, pero no ejerzo. Me hubiese gustado trabajar, ser funcionaria para vivir tranquila. Pero aquí me ves, reclamando lo que me corresponde, no sé si algún día me reconocerán como Reina de España”

La tarjeta de visita y el papel enumeraban los títulos nobiliarios que la “Emperatriz de Pontevedra” decía que le correspondían, más de 100 títulos llegamos a contar. Cuando nos vio convencidos, se despidió, su figura se perdió entre los soportales, entrañable, desprendía una mezcla de ternura, lástima y tristeza.

Dicen que su final comenzó cuando en enero 2005, sus vecinos contactaron con los Servicios Sociales del Ayuntamiento, el síndrome de Diógenes se había adueñado de Carmiña que vivía entre bolsas de basura, dinero, joyas y gran cantidad de ropa,  en su casa en la Avenida de Vigo 27. De ahí al Asilo, y con su cierre al Geriátrico de Ribadumia, donde murió con la cabeza en otros lugares, quizás recordando los viajes que una vez hizo, como emperatriz del mundo.

No sé donde habrá quedado aquella tarjeta de visita y aquella hoja manuscrita que enumeraba los títulos que Carmiña reclamaba al mundo, pero hoy, que leí en el periódico de su muerte a los 91 años de edad, tuve ganas de publicar todos sus títulos, su trono merecido en el recuerdo de la ciudad, desde mi más convencido republicanismo, libre de tronos, monarquías y dinastías de sangre azul, tuve ganas de ser súbdito de Carmiña, Emperadora del Mundo.

D.E.P

Las imágenes son de Antonio Costa (publicadas en La Voz de Galicia)